Sinopsis:
Junto con Garras de oro, El amor, el deber y el crimen es quizá la obra más sólida del periodo silente colombiano. Solo sobreviven treinta y cuatro minutos de una copia incompleta y sin intertítulos, cuyo argumento puede reconstruirse a partir de reseñas de la época y, sobre todo, de lo que las imágenes aún revelan. El film es un melodrama protagonizado por Mara Meva, actriz italiana traída al país por los Di Doménico, y por Roberto Estrada Vergara, presencia central en sus producciones. En lo que queda se advierte una articulación vibrante entre ficción y registros documentales: Bogotá, sus calles y un carnaval estudiantil irrumpen en la puesta en escena y la llenan de vida. La copia conservada, ambigua y fragmentaria, incluso sugiere la presencia de outtakes. Pero esa ambigüedad ilumina algo decisivo: a diferencia de otros melodramas de su tiempo, aquí no se restituye un orden moral, sino que se expone la tensión entre el deseo y el poder económico que intenta someterlo.
Reseña: A los hermanos Di Doménico, Vicenzo y Francesco, se les debe el inicio del cine colombiano. No solo trajeron el cinematógrafo al país, también realizaron la primera película argumental conocida, El drama del 15 de octubre (1916), hoy perdida. Tras el escándalo de su única proyección destruyeron la copia, pero no abandonaron el cine, solo giraron hacia el melodrama. Años después, Vicenzo buscó la colaboración de Pedro Moreno Garzón y, bajo la SICLA, dirigieron varias películas entre 1924 y 1926. El amor, el deber y el crimen, la última de la dupla, tomó como punto de partida la Trilogía pasional de Heliodoro González Coutin. En un medio sin actores profesionales, los Di Doménico trajeron desde Italia a Mara Meva y contaron también con Rafael Burgos y Roberto Estrada Vergara, quien sería protagonista de otras obras de la compañía.
De este film sobreviven cerca de treinta y cuatro minutos restaurados a partir de nitratos hallados en la colección de los hermanos Acevedo, pioneros que habrían adquirido el material cuando los Di Doménico se retiraron. No quedan intertítulos ni certeza de que lo conservado corresponda a la versión final. El fragmento muestra aparentemente outtakes, repeticiones y miradas a cámara, pero mantiene una energía innegable. Es poco para reconstruir su relato, aunque suficiente para intuir cómo pudo ser. En esas imágenes vibra un arte en ciernes y una ciudad, Bogotá, que parece reconocerse al ser filmada: calles, parques, carnavales estudiantiles que ocupan una parte importante del metraje.
Reconstruir la trama a partir de lo que queda es un ejercicio sugerente. Hay tres protagonistas: Ella (Meva), cajera que vive con sus padres; Él (Estrada), un aprendiz de pintor; y El Otro (Burgos), un hombre rico y fanfarrón. Las imágenes sugieren un encuentro casual entre Ella y Él en una calle bogotana, seguido por una atracción inmediata. La relación avanza en distintos espacios de la ciudad y el carnaval estudiantil funciona como escenario central. Tras una pelea a puño limpio en la que Él defiende su honor, la atracción crece y, cuando logra retratarla en su estudio, el romance se vuelve carne.
A partir de ahí, la copia entra en un territorio casi surrealista. La narración se desarticula: Él sufre un atentado y su estado fluctúa de moribundo a ileso. La vida de Ella también se fragmenta: tribulaciones, matrimonio, hijos, un mundo burgués que podría ser real o imaginado; una casa en llamas. La pérdida de escenas esenciales o decisiones de montaje hoy indescifrables explican parte de esa inestabilidad. Algunas reseñas hablaban de un melodrama moralizante y mencionaban incluso que Él era boxeador, pero las imágenes no sostienen esa versión necesariamente. Él desaparece y quizá es asesinado; Ella queda devastada. Nada indica un restablecimiento del orden.
A diferencia de otros melodramas colombianos del periodo, aquí no aparecen exaltaciones rurales ni nostalgias aristocráticas. Los personajes pertenecen a una clase media trabajadora expuesta al deseo y al poder del dinero, y es esa tensión la que sostiene la historia. Junto a Garras de oro, es la película técnicamente más lograda del periodo silente. Meva y Estrada alcanzan una tensión sensual inédita en el cine colombiano de entonces, y la puesta en escena articula con soltura decorados y registros documentales. Es quizá la primera vez que un espectador colombiano puedo sentir una identificación con los personajes.
El amor, el deber y el crimen puede leerse como un melodrama fundacional, cargado de ambigüedades y sensualidad, donde asoman formas que la ficción audiovisual colombiana tardaría décadas en retomar con la misma soltura.
Texto por Jerónimo Atehortúa
Sobre los directores
Vincenzo Di Domenico (Castelnuovo di Conza, Italia, 1882 – Barcelona, 1955) llegó a Bogotá en 1909 y fundó con su hermano Francesco el Gran Salón Olympia y la Sociedad Industrial Cinematográfica Latinoamericana (SICLA), donde se encargó de la fotografía y la cámara. Pedro Moreno Garzón fue el guionista y director de actores de las películas de ficción que la SICLA rodó en los años veinte. Biografía completa.
Ver la película
Ver en YouTube (28 min, la parte conservada). La Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano publicó un extracto (10 min).
Mapeada por Jerónimo Atehortúa Arteaga