Sinopsis:
En este drama costumbrista de 1925, el primer largometraje filmado en Medellín, vemos un drama de la modernidad latinoamericana: la jovencísima Lina mantiene una relación con Álvaro que su padre, don Bernardo, desaprueba. Él derrocha su fortuna en la vida bohemia, por lo que la relación parece destinada al fracaso. Aun así huyen, lejos de don Bernardo, pero una mendiga advierte a Lina. Ella terminará muerta, con las joyas que Lina le regala como agradecimiento, y él es acusado por el delito, aunque es inocente. Entre honor y deber, eligen un camino que finalmente les trae felicidad.
Reseña:
Recordar una película es rehacerla en la memoria. Recordar, a retazos y rumores, una película olvidada de la época pionera de nuestros cines, cuando las distintas naciones se estaban inventando su imagen para un nuevo siglo, es recrear la idea de lo que pudo haber sido. Lo que pudo ser, constantemente, como una promesa del cine que vendrá.
Veo Bajo el cielo antioqueño (1925), un melodrama muy de su época y a la vez tardío; viajo de una zona cafetera en Costa Rica a la de Medellín, tan cercana, donde una sociedad en pleno cambio se retrata —de lado, con modestia, con el rosario en las manos—.
Bajo el cielo antioqueño fue presentada hace poco en Medellín nuevamente, a un siglo de su estreno. Según la reseña de El Colombiano, estaba presente la nieta de Gonzalo Mejía, el empresario que produjo y protagoniza la cinta; ella relató que fue una película resguardada en su casa por años, hasta que fue entregada a la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano y restaurada desde 1997. Me enternecen o estremecen las similitudes con El retorno (1930), primer largometraje costarricense, con una historia casi idéntica.
Quizás por ello me conmueve tanto la cinta de Arturo Acevedo Vallarino, por los reflejos y los ecos; pero pienso también en esos raros momentos de reconocimiento, de la fascinación inicial del cine por simplemente vernos en pantalla grande, vernos como los grandes dramas de allá, lejos.
Hay un pasaje de dos damas que caminan por sobre la maleza, sombrillas en mano, y el sol tuesta todo. Una carreta se acerca bajo las sombras de los árboles. Son evocaciones de un pasado presente en toda la imaginación de nuestras identidades: los idílicos paseos a campo que ahora es suburbio, el choque entre la blanca vestimenta a la europea y el barro, el verdor incesante, el pasto que llega hasta las rodillas.
Decía que la película resulta algo tardía porque, como muchas de su época en nuestra región, trae a la pantalla dilemas morales ya gastados en las cunas del cine. Pero es crucial recordar que toda sociedad ha aprovechado el cine para poner en escena sus ansiedades morales, y como las clases más pudientes fueron las primeras con acceso a la cinematografía, es natural que sus temores dominen la pantalla de la primera época.
En esta película ese tono moral se establece desde el inicio, entre monjas, en sus “claustros aromados de incienso y de virtud”. Cuando los amantes han provocado, incluso en el rechazo de Lina al pecado, que se descalabre la vida de una pobre mujer, la tensión llega incluso a la sala de juicio. Nuestro héroe es sospechoso del crimen, y mientras testifica, un corte atrevido nos lleva de su expresión compungida, iluminada desde arriba, al rostro doliente de una figura de Cristo.
Sin embargo, esas líneas gruesas del relato no impiden momentos de luminosidad. El cortejo elegante en el salón de bailes o en un recodo del camino; la mujer meciéndose inquieta en el ancho corredor de la casa; los platanares agitados; el desfile de los autos por la calle de lastre.
Como no podía ser de otra forma, una vez redimidos nuestros amantes, la película concluye con un canto a “Colombia, tierra hermosa!”, y la felicidad de los personajes que vuelven a sus comodidades burguesas una vez expulsado el peligro, la tentación. Premiado con riqueza por casualidad, absuelto en la corte, el hombre ha demostrado su honor y ella conserva el suyo intacto. El sol antioqueño cae sobre la superficie del agua y las vidas continúan, olvidadas por décadas hasta que la restauración cinematográfica nos las devuelve.
Texto por Fernando González Espinach
Sobre el director
Arturo Acevedo Vallarino (Bogotá, 1873 – 1950) fue dentista, hombre de teatro y exhibidor de cine. En 1920 fundó con sus hijos Gonzalo y Álvaro la productora que luego se conoció como Acevedo e Hijos, con la que dirigió La tragedia del silencio (1924) y Bajo el cielo antioqueño (1925) y produjo durante décadas noticieros y documentales. Biografía completa.
Ver la película
Ver en YouTube (2 h 04 min).
Mapeada por Christian Manuel León Mantilla, Edgar Barillas, Fernando Chaves Espinach, Ilse Mayté Murillo Tenorio, Ivana Peric Maluk, María Lourdes Cortés, Orisel Castro López, Paulo Antonio Paranaguá y Valeria Alfaro Guevara
Fuentes
- Wikipedia (inglés): Under the Antioquian Sky
- Diego Rojas Romero, «Cine colombiano: primeras noticias, primeros años, primeras películas», Credencial Historia n.º 88
- The Hollywood Reporter en Español: Bajo el cielo antioqueño regresa a las salas 100 años después
- Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano: Una nota sobre los Acevedo y el noticiero Cineco