BRASA DORMIDA – Humberto Mauro (1928)

Sinopsis:

Después de despilfarrar su dinero apostando en carreras de caballos, Luiz (Luís Soroa), un hombre de perfil serio, consigue empleo como gerente de una fábrica rural sustituyendo al malvado Pedro Bento (Pedro Fantol). Ahí conoce a Anita (Nita Ney), hija del dueño, de quien se enamora perdidamente. Lleno de resentimiento tras su despido, Pedro toma cartas en el asunto y planea una violenta venganza: hace público el indebido romance y, acto seguido, intenta volar la fábrica en pedazos con explosivos.

Reseña:

Humberto Mauro fue uno de los directores más prolíficos de Brasil y de América Latina. Quizá por eso y porque su carrera inició en el cine silente y se extiendió hasta la segunda mitad del siglo veinte, es comprensible que ocupe un lugar de privilegio en la historia del cine. Podría no ser tan comprensible, sin embargo, para quienes miden todo en términos de operatividad. Especialmente al asomase en la singularidad de sus películas. 

Brasa dormida, sin más, navega con un sosiego y una contención en sus formas que son más propios del decoro que de la espectacularidad. Si hay un común denominador entre la variedad de recursos con que Mauro moldea el amor entre Luiz y Anita, es que cada uno resta, apaga, oculta, minimiza o evapora las inscripciones de la realidad en razón de una preferencia por el secreto como el más eficaz instrumento para cristalizar la intensísima pasión amorosa. 

Ya desde el inicio la sinuosidad del paisaje dicta la sensualidad del punto de vista de la película. Las tomas son abiertas y aireadas, muy discretas, al grado de que la intriga ocurre apenas en una zona del plano, mientras el resto de zonas está consagrado a un registro de carácter documental. El hilo narrativo es apenas una línea de cuantas Mauro insta a la fuga, lo que hace de su película muchas. Algunas de éstas responden al amor, otras a la acción, algunas más a observar la vida social o urbana. Conforme avanza la historia aparecen, como contrapunto de la vastedad, más detalles en primer plano: manos, relojes, hojas, labios. Se tiende una tensión entre lo amplio y lo íntimo, entre la multitud y la individualidad, entre la vida social y la amorosa, entre el espacio urbano y el rural, entre las máquinas y los sentimientos; tensión bien condensada en uno de los interítulos, hermoso por derecho propio: “Noche. La naturaleza duerme y ella también”, al tiempo que la imagen muestra a Anita recostada en su cama a la luz de la luna en espera de su amante.

Por supuesto, vista con el paso de las décadas encima, Brasa dormida no pierde su vitalidad y se presta, para los analistas que lo busquen, a fungir como testimonio histórico —delante y detrás de la cámara—, oteando el costado reverdecido del Brasil moderno, con una devoción aún intacta por las máquinas y con la consecuente admiración por la clase burguesa rural a pesar de las tensiones indirectas entre trabajadores y dueños de las empresas. De cualquier modo, hay un componente inagotable que, sin importar las vicisitudes epocales, hace de la película de Mauro una pieza de orfebrería perdurable. Se trata de un doble gesto —me disculpo por anticipado si parece un trabalenguas—: mostrar lo que se muestra y mostrar, sobre todo, la potencia de mostrarlo. No es vano que el hermoso título, Brasa dormida, aluda a que la sombra, recostada entre los leños, siempre pueda despertar y provocar el incendio.

Texto por Rafael Guilhem

Sobre el director

Humberto Mauro (Volta Grande, Minas Gerais, 1897 – 1983) es considerado el gran pionero del cine brasileño. Encabezó en la década de 1920 el Ciclo de Cataguases, dirigió Ganga bruta (1933) y durante décadas realizó cientos de documentales para el Instituto Nacional de Cinema Educativo. Biografía completa.

Ver la película

Ver en YouTube (1 h 40 min).

Mapeada por Félix Manuel Lora, Guilherme de Alencar Pinto, Olvin Otero y Rafael Guilhem

Fuentes

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