Sinopsis:
Juan Moreira es un gaucho trabajador cuya vida se quiebra por la injusticia. Tras prestar dinero al pulpero Sardetti, este niega la deuda y el Alcalde castiga a Juan enviándolo al cepo. Humillado, Moreira mata a Sardetti y huye, convirtiéndose en un «vengador» errante. La película retrata su huida constante de la policía por la pampa, donde su destreza lo vuelve leyenda. El final ocurre en la pulpería «La Estrella» de Lobos. Cercado por un batallón, Moreira resiste con ferocidad. Al intentar saltar un muro para alcanzar su caballo, el sargento Chirino lo atraviesa por la espalda con una bayoneta. Moreira muere defendiendo su honor, cerrando su epopeya como el último centauro indomable frente a la opresión del sistema. Su tumba simboliza el fin de una era para el gaucho.
Reseña:
La primera vez que tuve noción de la existencia de Juan Moreira, fue con la película de Leonardo Favio de 1973. La historia de un gaucho noble, preso injustamente y que, una vez libre, decide hacer justicia por sus propias manos. Recuerdo haberla visto en mi adolescencia, en el mismo verano que leí “En el nombre del Padre” de Gerry Conlon, y la sensación de rabia e injusticia fue bastante similar. La institución y la sociedad le fallan a los sujetos populares, que buscan justicia en un mundo hostil.
Medio siglo antes, en 1923, Juan Moreira se levantaba como un gaucho atractivo, cuya silueta está más cercana a la de un justiciero heroico que a la de un hombre que la sociedad humilla e intenta doblegar. Moreira se define por su dominio sobre el caballo y su integración con el paisaje pampeano, convirtiéndose en una figura puramente visual y épica. Así, se distancia del personaje del folletín (escrito entre 1879 y 1880), con un gaucho trovador cuya distinción lo alejaba de su clase. El Moreira de la película (interpretado por Carlos Perelli) se presenta con una estética más austera y funcional para la vida de campo. Aunque mantiene la dignidad del gaucho, se despoja del lujo excesivo descrito en el libro para enfatizar su condición de trabajador rural y, posteriormente, de perseguido.
La película mantiene el detonante de la injusticia (el conflicto con Sardetti y el Alcalde), el filme tiende más hacia la epopeya romántica. Se enfoca en la «nobleza y el gesto señorial de la raza» y en la figura del héroe trágico que resiste ante la opresión. La dirección de fotografía y cámara de la película busca presentar a Moreira como un mito, que deja de ser un hombre para convertirse en una sombra o un fantasma que representa la libertad perdida de la pampa, y al mismo tiempo una amenaza para el sistema.
La película es una denuncia cruda de la injusticia institucional. Moreira no nace criminal; es empujado a la marginalidad por el abuso de poder de pulperos y alcaldes. Representa al hombre que, ante la insolencia y el despojo, impone su propia justicia. El conflicto central es la lucha de un individuo que posee una «prelacía moral» que el sistema legal no reconoce. Su muerte en Lobos, acorralado por la policía, simboliza el trágico destino del gaucho paria frente al Estado moderno.
Me cuesta dar una razón del porqué esta película es trascendental para la historia de nuestros cines más allá de como transmite la sensación de injusticia y revancha. Algunos autores, académicos, críticos, entre otros, han dicho que al rescatar la figura de Moreira, el cine argentino encontró su primer gran héroe (o antihéroe) popular, permitiendo que el espectador se reconociera en una lucha por la dignidad que trascendía la pantalla. Sin embargo, más allá del héroe o no, creo que su rol en nuestro cine latinoamericano va en una frase que, justamente, no es parte de la película, pero si del folletín, que dice:
“El gaucho invocó sus derechos ¿pero qué gaucho tiene derechos?. Invocó la justicia, palabra hueca para él, y no fue escuchado;”
Texto por Sebastián González Itier
Sobre el director
Según las fuentes disponibles, Enrique Queirolo escribió y dirigió esta película, producida en Rosario.
Ver la película
Ver en el canal del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken (1 h 22 min).
Mapeada por Sebastián González Itier