Sinopsis:
Lucha de almas … La fatalidad buscando víctimas… una madre todo corazón, que desborda su ternura sobre sus hijos. Un tango fascinador que trastorna la mente del primogénito. La camarada leal y buena que anima un alma noble a quién el humo asfixiante del cabaret impide ver más allá de su atmósfera. El buitre de guantes perfumados, que acecha a la casta paloma de un hogar e intenta cegar con luces deslumbradoras las vacilaciones pudorosas de la virgen. Un amanecer de sol que disipa con vientos de redención la embriaguez tentadora del café suburbano. El trabajo. El buitre retenido en su vuelo por la cantante redimida. Poema dramático que refleja uno de los más interesantes aspectos de la vida en la gran urbe sudamericana: Buenos Aires. (Programa original publicado en 1932).
Reseña:
Una de las escasísimas películas argentinas del período mudo que se conservan de forma íntegra, ¡Perdón, viejita! es también una de las muchas producciones dirigidas por José Agustín Ferreyra antes del advenimiento del cine sonoro. De raigambre tanguera y, por lo tanto, melodramática, la historia encuentra a Carlos (el uruguayo Ermete Meliante, cuya carrera como actor y dibujante tuvo su desarrollo del otro lado del Río de la Plata) vagabundeando por las zonas menos transitadas del puerto de La Boca. Ese joven de buena familia que, por razones nunca explicitadas, se vio empujado a la “mala vida”, encuentra en el arrabal portuario a Nora (María Turgenova, posiblemente la gran estrella del cine mudo argentino), una mujer de la noche, cantante y exprostituta con quien entabla un vínculo casi inmediato. De regreso al hogar materno del hombre, Carlos y Nora –ocultando ambos sus turbios pasados– conviven junto a la madre del muchacho, Doña Camila (Floricel Vidal), y su hermana, la joven Elenita (Stella Maris), cortejada por dos hombres de diversas extracciones e intenciones opuestas para con ella.
Con esos elementos de base, Ferreyra construye un melodrama donde el enfrentamiento de valores le da forma al núcleo dramático de la historia, sin dejar de lado la descripción de tipos y actitudes sociales. Las escenas semi documentales o directamente tomadas de la realidad dialogan de forma dialéctica y enfrentan los ritmos vertiginosos de la gran metrópolis –una Buenos Aires de automóviles y tranvías, de gente siempre en movimiento, de grandes construcciones arquitectónicas, como el Congreso de la Nación– con las aguas ya contaminadas del puerto, origen y punto de irradiación de la capital argentina. El payador citadino que solo desea lo mejor para Elenita, recién iniciada en el mundo del trabajo; el embaucador y más que posible fiolo, siempre atento y con un regalo a mano para seducir mejor; la madre abnegada y sufriente; el hijo arrepentido; la fulana de corazón ingente.
¡Perdón, viejita!, cuyo título está tomado de un tango de Osvaldo Fresedo, introduce en esas coordenadas narrativas, sociales y geográficas muy reconocibles un anillo robado que hace las veces de catalizador del conflicto central. De allí la honra manchada, la confesión de culpas, el sacrificio inesperado y la revelación final de culpables e inocentes, que reestablece el equilibrio y permite la reconstrucción del nido y su felicidad. Notable por su uso de escenografías realistas pero, sobre todo, por la utilización de locaciones reales como genuino recurso formal, el film de Ferreyra anticipa varias tendencias del cine “arrabalero” de los años 30 e incluso de los 40, con sus bares de mala muerte llenos de humo de cigarrillo, alcohol y mujeres de vida licenciosa, enfrentados solemnemente a las bondades de la buena y honrada vida familiar. Como en un tango, además, la “vieja” es erigida como tótem casi religioso al cual se regresa como a una fuente de proverbial dulzura y amor maternal.
Estrenada originalmente en 1927, el propio Ferreyra reestreno la película en 1932 con algunas escenas agregadas –sobre todo en el primer acto, con esas bellas imágenes de La Boca– y una banda de sonido registrada en discos fonográficos sincronizados integrados por una selección de tangos y valses del repertorio popular del violinista, compositor y director de orquesta Alpidio B. Fernández, grabados junto a su orquesta típica. Es esa versión la que fue restaurada recientemente a partir de una copia depositada en la Fundación Cinemateca Argentina, para el descubrimiento de las nuevas generaciones.
Texto por Diego Brodersen
Sobre el director
José Agustín Ferreyra (Buenos Aires, 1889 – 1943), conocido como «el Negro» Ferreyra, fue escenógrafo y uno de los grandes directores del cine mudo argentino. Sus melodramas, atravesados por el tango, retrataron la vida de los barrios populares de Buenos Aires. Biografía completa.
Ver la película
Ver en YouTube (33 min, copia incompleta).
Mapeada por Diego Brodersen y Luciano Monteagudo