EXPEDICIÓN ARGENTINA STOESSEL – Adán Stoessel, Andrés Stoessel (1928)

Sinopsis:

Este travelogue relata la proeza automovilística de dos hermanos argentinos, Adán y Andrés Stoessel que, entre 1928 y 1930, se propusieron trazar el rumbo de una ruta Panamericana, entonces inexistente recorriendo más de 32.000 kilómetros y uniendo la ciudad de Buenos Aires con la de Nueva York. Con un flamante Chevrolet modelo 28, una cámara importada y decenas de rollos de peligroso nitrato inflamable que viajaban a bordo del auto, recorrieron la mayoría de los países latinoamericanos, sorteando todo tipo de dificultades y obstáculos y  registrando sus múltiples peripecias y aventuras a su paso. Los negativos eran enviados periódicamente por correo a Buenos Aires, para ser revelados en el prestigioso laboratorio de Federico Valle, que también sería luego responsable del montaje final del film.

Reseña:

Expedición Argentina Stoessel tiene un importante antecedente en Francia. Allí y por la misma época, varias de las grandes empresas automotoras como la Peugeot, la Renault y la Citroën estaban financiando expediciones fílmicas a través del Sahara en el ámbito de una economía turística emergente en el norte de África. Estas expediciones funcionaban como un potente símbolo de la industria automotriz y de las ambiciones geopolíticas francesas. Sin embargo, aunque en el viaje de los Stoessel hay implícita una clara ideología modernizadora y civilizatoria (la idea de trazar una ruta Panamericana inexistente es, en última instancia, una manera de fomentar dicho proyecto) no son los discursos imperialistas los que promueven su viaje sino, por el contrario, la influencia de ciertas ideas americanistas que comenzaban a instalarse en los círculos intelectuales latinoamericanos. En su libro 32.000 kilómetros de aventuras (1930), los hermanos Stoessel escriben: “Bien quisiéramos (…) que la nuestra fuese la primera y la última de las empresas de este género que debió luchar con tantos y tan sucesivos obstáculos, ya que la desaparición de todos ellos, en un porvenir que deseamos cada vez más cercano, servirá para unir a todos los pueblos del continente, acercándonos todavía más por virtud del mutuo conocimiento”.

Pese a este discurso de unión y hermandad, no es casual que los Stoessel hayan elegido como puntos de partida y de llegada de la travesía a las ciudades de Buenos Aires y Nueva York respectivamente. Aunque en realidad la expedición comenzó en Arroyo Corto, una pequeña localidad a 500 km de la capital, la elección de la capital argentina como lugar de inicio oficial de su largo periplo buscaba establecer un paralelismo con la gran metrópolis estadounidense. Las imágenes con las que ambas ciudades son presentadas en el film son casi idénticas: una serie de planos en picado que muestran el intenso tráfico de sus arterias principales, los altos edificios de sus centros cívicos y comerciales y la asombrosa cantidad de automóviles que, aún en esa temprana época, circulaban por las principales avenidas. La clara relación que el film establece entre estas dos metrópolis se vuelve aún más explícita cuando la cámara se interna tanto en las principales ciudades del interior argentino como en las de Bolivia, Perú, Colombia, Venezuela y Panamá –la mayoría de las cuales conservaban todavía un estilo colonial– y sobre todo cuando penetra en las zonas más alejadas a las mismas, donde predominaba aún una forma de vida rural y en ciertos casos todavía “primitiva”. En estos espacios el automóvil, que tan cómodamente vemos recorrer las calles de Buenos Aires o Nueva York, debe establecer una lucha “cuerpo a cuerpo” con la naturaleza hostil que se obstina constantemente en impedir su avance a través de ríos torrentosos, peligrosos despeñaderos y caminos escarpados. El Chevrolet de los Stoessel va superando cada uno de estos obstáculos demostrando que, aún sin carreteras, la máquina es siempre la indiscutible vencedora. Pero quizás, la secuencia del film que mejor representa este duelo entre civilización y barbarie tenga lugar cuando los expedicionarios visitan una aldea indígena en la península de Goajira, al norte de Colombia, causando con su extraño automóvil el estupor de los “salvajes”. Los intertítulos informan: “Como ante un extraño dios se congregan los nativos en torno a nuestro coche. Les apasionan los cigarrillos y las fotografías, del mismo modo que a sus antepasados, las cuentas de vidrio de los conquistadores”. A continuación se muestran una serie de imágenes de los indígenas semidesnudos manipulando torpemente una cámara fotográfica y posando dócilmente junto al automóvil. Este tipo de escenificaciones, donde el nativo aparece retratado junto a objetos y artefactos del “mundo occidental” en actitudes de sorpresa y asombro, tenía ya una arraigada tradición en la fotografía y el cine, en films como Nanook, el esquimal. Su principal propósito era el de materializar visualmente una oposición entre el automatismo representado por la máquina y la magia encarnada en el nativo que la observa. 

Texto por Andrea Cuarterolo

Sobre los directores

Los hermanos Adán y Andrés Stoessel, hijos de inmigrantes alemanes del Volga instalados en Arroyo Corto, en la provincia de Buenos Aires, eran comerciantes y exploradores. Entre 1928 y 1930 unieron en auto Buenos Aires y Nueva York y filmaron el viaje. Biografía completa.

Ver la película

Ver en YouTube (57 min).

Mapeada por Andrea Cuarterolo

Fuentes

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