Sinopsis:
Una pareja de porteños ociosos y “viciosos” pasa una temporada de verano en su casa quinta ubicada en las sierras cordobesas. Él busca descanso de la ciudad, ella sanar una enfermedad aire de la sierra mediante. En el terreno de sus campos se reencontrará con Don Braulio, el viejo peón de la hectárea y dos hermanos indios que cobija bajo su tutela. En un inestable espejo, la pareja de porteños se involucrará sentimentalmente con la pareja de hermanos jugueteando insolentemente con ellos. En este cruel divertimento se generarán malestares y rencores que desembocarán en traiciones y muertes.
Reseña:
Un melodrama en donde la figura geométrica que impera no es el triángulo sino el rectángulo. Dos parejas en espejo (los amantes porteños y los hermanos mestizos) se entrecruzan en affaires y promesas vanas de amor. Los porteños se divierten y los hermanos son engañados. Curiosa figura la del rectángulo. Remite ella también al lote, al pedazo de tierra contenido y tasado. Y donde hay un lugar, hay una disputa: ¿a quién pertenece verdaderamente ese pedazo de tierra? ¿A quien lo heredó o a quien ahí nació y se desarrolló? Sabemos la respuesta y aun así el conflicto no perece. Por el contrario, se vuelve el eje de la película: quién domina a quién. De injusticias está hecho el camino y en el horizonte de las posibilidades no se vislumbra la posibilidad de una solución. O, mejor dicho, salvación. Porque ya el título de la película refiere a la condena en forma de sonido que pondrá fin al relato. La muerte, desde ya.
El mestizo, interpretado por el también director de la película, Nelo Cosimi, será presentado tocando la quena en el monte. Y el sonido de ese instrumento será una constante. Un leitmotiv que anticipa lo inevitable. Como si de la condena sólo pudiese salirse manchándose las manos con sangre. Los porteños van a la casa quinta a cambiar de aire, a dejar atrás el caos de la ciudad por un poco de tranquilidad. Ella debe sanar, él descansar. Y el retiro es finito, eventualmente volverán a la capital porque en realidad nunca se terminaron de ir de ella. En el campo cordobés se encuentran el viejo peón y los dos hermanos mestizos cuya tutela emprendió. Los porteños ven en ellos la ternura de la inocencia que convoca a gozar su corrupción. Es decir, ven en ellos un divertimento. También finito: una forma de matar las horas y dilapidar el aburrimiento que supone la constante de un paisaje arbolado que no cambia jamás. Así acontece el rectángulo amoroso en falsa simetría. Porque el porteño tendrá celos del amante de su amante. Peca de ingenuo al suponerse el más guapo. Quizás sea que la diferencia de clases, su carácter vertical, lo engaña en una impunidad que no es tal. Y la muerte, la puñalada, lo sorprende. Nosotros, espectadores, lo vemos (me refiero al instante exacto del asesinato) representado en las sombras sobre el suelo. Las dos siluetas cercanas por un brevísimo momento reunidas en una forma amorfa que linda con lo monstruoso en la imposibilidad que me supone nombrarla en su exactitud.
Curiosa decisión mostrar así el asesinato: en la uniformidad de las sombras, ahí donde todos somos iguales, impresos en el suelo con el mismo color indiferente que nos brinda el sol en su inevitable y equitativa distribución de luz. El instante de la justicia, de la venganza, sucede en esas condiciones de igualdad. Como si así, proyectado en ese rectángulo de tierra, se contuviese encriptado en imagen la redención del mestizo. Quiero decir, siendo la pantalla la mismísima razón principal de lo que ahí se proyecta. La ciudad intenta transformar el campo pero este se resiste como puede. Algo así como el gran problema argentino.
Texto por Ramiro Pérez Ríos
Sobre el director
Nelo Cosimi (Macerata, Italia, 1894 – Buenos Aires, 1945) fue actor, director y guionista. Entre 1917 y 1945 actuó en unas veinticinco películas y dirigió trece, muchas de tema gauchesco, como Mi alazán tostao y Juan Moreira (1936). Biografía completa.
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Mapeada por Ramiro Pérez Ríos