Sinopsis: No existe ninguna copia de El drama del 15 de octubre. Registros de prensa recopilados por la investigadora Leila El’Gazi permiten decir que la película se iniciaba con un retrato del asesinado general y congresista Rafael Uribe Uribe, seguido de una puesta en escena de una operación practicada a la víctima antes de morir, el 16 de octubre de 1914 en la capital de Colombia. Venían después registros del entierro en Bogotá, parte central de la película, filmados por Vincenzo di Domenico: salida del féretro al cementerio en medio del desfile del pueblo bogotano, carruajes, oradores, honores. Una segunda puesta en escena presentaba a los autores materiales del crimen, los artesanos Galarza y Carvajal, quienes mataron al senador con sus hachas. Fueron filmados en todos los rincones del Panóptico (la cárcel a la que fueron conducidos) para, según Francesco Di Doménico: “poderlos tomar infraganti y no en pose forzada». Sin embargo, los acusados «se prestaron a todas las posiciones que desearon los operadores».
Reseña:
En todo origen suele haber algo impreciso o borrado. Lo que la tradición ha considerado el primer largometraje colombiano (sin que se conozca a ciencia cierta su duración) es una película perdida, al parecer, sin remedio, pero ampliamente recuperada como leyenda. El drama del 15 de octubre (1915) recreó, con un importante componente documental, un crimen ocurrido en Bogotá, en 1914, en el que fue abatido un senador de la república que años antes había comandado las huestes rebeldes en la última guerra civil del siglo diecinueve colombiano, y la primera del veinte: la llamada Guerra de los Mil Días.
Es muy probable que los realizadores de la película —unos hermanos italianos que en 1910 habían llegado a Colombia y levantado una ambiciosa empresa cinematográfica que incluía la producción y exhibición de películas locales— conocieran el imaginario criminal que abundó en los inicios del cine —tanto como hoy— y que le darían forma también, en esos años pioneros, a algunas de las imágenes fundacionales del cine latinoamericano. Y es muy probable que conocieran poco, o mal, las puntillosas sensibilidades que carcomían al país anfitrión, en especial a sus élites.
Movidos por la intuición de que el cine podía ser un arte del presente inmediato, tan palpitante como el periodismo, los Di Domenico tuvieron el arrojo de reconstruir el magnicidio del senador Rafael Uribe Uribe, cuando el duelo todavía estaba vivo, y con la participación de los propios asesinos contratados como actores con sueldo incluido, quienes aparecían en pantalla “gordos, satisfechos y envalentonados”, según se lee en la indignada prensa de la época.
El debate que suscitó el atrevimiento de los Di Domenico fue mayúsculo. Si seguimos la leyenda establecida por la prensa, además de otros testimonios orales y escritos, el público llegó al extremo de dispararle a la pantalla como expresión de su furia y desconcierto. El resultado: censura y extravío de la película, y una lección bien aprendida por los Di Domenico: hablar “pasito”, es decir, recogerse mientras el escándalo se diluía. En la década de 1920, los “italianos de la máquina” hicieron otras películas, aunque alejadas de lo que en su primer largometraje creyeron que era un asunto de interés nacional. Como consecuencia colateral, el cine colombiano se mantuvo, en esos años, muy tímido para criticar al poder o fue explícitamente su aliado.
Un solitario plano de la película sobrevive hasta nuestros días. Al parecer pertenece al final del metraje: un cuadro llamado “La Apoteosis”, alegoría filmada en un monumento erigido en honor a Uribe Uribe en la que una mujer agita, a derecha e izquierda, la bandera colombiana. Se ha tratado, pese a todo, de una ausencia provechosa. La inexistencia material de la película permitió y sigue permitiendo su proliferación simbólica e imaginaria, una forma de existencia impensada. La inquietud que provoca el vacío ha inspirado a muchas obras y artistas posteriores: la artista plástica Ana María Montenegro en la exposición Otra victoria así y estamos perdidos (2020), el cineasta Federico Atehortúa en su documental autorreflexivo Pirotecnia (2019), el autor de cómics Rey Migas en su novela gráfica Emús en la zona (2019) y el escritor Juan Gabriel Vásquez en La forma de las ruinas (2015). Son piezas artísticas que reflexionan sobre la escritura de la historia, la repetición y la ardua construcción de una nación, y el papel de las imágenes y los relatos en esa aventura que no termina todavía.
El drama del 15 de octubre dejó un legado de discusiones que aún permanecen abiertas: la mutua interpelación entre realidad y representación, el lugar de víctimas y victimarios en nuestros dramas sangrientos hoy convertidos en un formato (el true crime), las responsabilidades del cine en la construcción de la imagen del país y los asedios de la propaganda. A pesar de su efímera existencia, no se puede negar que la película de los Di Domenico fundó una tradición.
Texto por Pedro Adrián Zuluaga
Mapeada por Alejandra Meneses Reyes y Pedro Adrián Zuluaga
Sobre el director
Vincenzo Di Domenico (Castelnuovo di Conza, Italia, 1882 – Barcelona, 1955) llegó a Bogotá en 1909 con su hermano Francesco. Juntos construyeron el Gran Salón Olympia y fundaron la Sociedad Industrial Cinematográfica Latinoamericana (SICLA), considerada el primer intento organizado de una industria de cine en Colombia. Biografía completa.
Ver la película
Película perdida: no se conserva ninguna copia.