Sinopsis
Documental cientifico que muestra los diversos peligros que puede producir una mosca al entrar en contacto con un ser humano.
Texto
“¡Saquen esa mosca de mi plano!”, suelen gritar los directores de cine cuando ese insecto se atreve a meterse en su set y arruina el perfecto equilibrio de sus imágenes. Las moscas, hay que decirlo, no suelen ser bienvenidas en ningún lado, ni en el cine ni en las casas: dan sensación de inmundicia, de que algo está podrido e, incluso, hay quienes dicen que traen consigo alguna mala noticia. Sin embargo, la suerte de estos pequeños voladores no ha sido tan injusta en la historia del cine. Algunos cineastas de vanguardia, como Yoko Ono, quien en pleno ejercicio fluxista filmó el comportamiento de una mosca sobre el cuerpo desnudo de una mujer en su cortometraje Fly, o Jonas Mekas, de quien podríamos decir que quiso imitar con su cámara flotante, veloz, incesante, el revoloteo del insecto, se sintieron atraídos por los azarosos ritmos que estos producen. Ahí, en esa zona entre el control industrial y la radicalidad vanguardista, se encuentra La mosca y sus peligros, una película de impronta meramente divulgativa, filmada en 1920 por Ernesto Gunche y Eduardo Martínez de la Pera.
Un ejemplo temprano de documental científico, explora con tanta minuciosidad como sensacionalismo los diferentes efectos que produce en la salud y en la vida diaria el contacto con las moscas. La película pertenece a una serie llamada Cinemicrografías, cuyo fin era concientizar sobre ciertos problemas de salud pública, un tema central en la Argentina de comienzos del siglo XX. Además de los peligros de la mosca, la serie abordaba las consecuencias que podían generar en la salud los mosquitos y el paludismo, aunque esos dos filmes se encuentran actualmente perdidos. Viendo La mosca y sus peligros podemos, sin embargo, intuir que repetían el recurso de la microfotografía, una técnica desarrollada por el francés Jean Comandon, quien realizó junto con la productora Pathé una centena de películas científicas. Este tipo de planos ultramicroscópicos permite ampliar fenómenos y comportamientos propios del mundo bacteriano que estaban vedados al ojo humano. Acaso como un efecto cinematográfico accidental, filmando a través de esas lentes que todo lo agigantan, estas películas exceden su función puramente divulgativa y ofrecen verdaderos ejemplos de cine proto-surrealista y, en algunos casos, incluso de pura abstracción visual.
Gunche y Martínez de la Pera, realizadores de Nobleza gaucha (1915), el primer gran éxito del cine argentino, no volvieron a trabajar en este tipo de encomiendas científicas. Se sabe, según lo poco que se conserva de la película, que solía proyectarse en escuelas como una forma de instruir a los pequeños ciudadanos de la pampa argentina sobre lo que podía sucederles si una mosca se dignaba a entrar en sus casas. No solo se habrán llevado una serie de instrucciones precisas, casi obsesivas, sino también —y sobre todo— una colección de imágenes pesadillescas. Quizás, sin saberlo, esos espectadores tempranos no solo aprendían sobre higiene, sino también sobre el poder del cine para volver extraño —y profundamente inquietante— lo más cotidiano: cuerpos invadidos, superficies contaminadas, mundos invisibles que, de pronto, se revelan demasiado cerca. Ahí, en ese umbral difuso entre la pedagogía y la pesadilla, La mosca y sus peligros anticipa, de forma inesperada, una sensibilidad que el cine exploraría mucho después bajo el signo del terror corporal.
Texto por Lucas Granero
Sobre los directores
Eduardo Martínez de la Pera (1880–1969) y Ernesto Gunche (1883–1937) fueron fotógrafos de la Sociedad Fotográfica Argentina de Aficionados y trabajaron juntos como camarógrafos y realizadores. Dirigieron, entre otras, Nobleza gaucha (1915) y Hasta después de muerta (1916). Biografía completa.
Ver la película
Ver en el canal del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken (27 min).
Mapeada por Lucas Granero