MALDITAS SEAN LAS MUJERES – Rosario Rodríguez de la Serna (1925)

Sinopsis: Según el libro Cine Mudo Chileno (1994), de Eliana Jara Donoso, el film narra la historia de un muchacho víctima de una mujer coqueta; al no ser correspondido su amor, y dominado por la pasión, se suicida. Está basada en la novela homónima del español Manuel Ibo Alfaro. Dirigida por Rosario Rodríguez de la Serna bajo su propia casa productora, Rosario Films, contó con guion de Gregorio Pardo. Figuran entre sus intérpretes Hilda Blancheteaux, Germán Pimstein, Vicenta de Yáñez, Ginette Thompson, Juan Gross. La película actualmente se encuentra perdida. 

Reseña: 

¿Cómo escribir sobre películas desaparecidas? La mayor parte del cine silente o mudo –aunque nada de silenciosas tenían esas proyecciones, generalmente acompañadas por música en vivo– se encuentra perdido. Por un lado, porque el material base de las cintas fílmicas era altamente inflamable; por otro, más acuciante aún, por la falta de conservación del patrimonio fílmico de manera adecuada, que no permitió que dichas películas perduraran en el tiempo, ni en aquel momento –pensar en el plástico reciclado del acetato entre los pelos de los contemporáneos de estas cintas es por lo menos curioso– ni en años posteriores. Volver al cine de las primeras décadas del Siglo XX en América Latina implica partir desde la pérdida salvo contadas excepciones. Navegar entre las huellas de fantasmas fílmicos del pasado es andar a tientas en el reino de las sombras, parafraseando el tono lúgubre que Gorki registró en su crónica sobre las vistas de los hermanos Lumière. A diferencia del escritor ruso, no tenemos la oportunidad de realizar un análisis plausible mediante el visionado de algunas películas, como Malditas sean las mujeres (1925, Rosario Rodríguez de la Serna). Podríamos quedarnos con la idea del ensombrecimiento, pero hay algo en las maneras de volver sobre esa historia –investigada por especialistas del período, por archivistas y coleccionistas que actúan como resguardo de la memoria de nuestro cine, al igual que instituciones públicas que realizan una tarea titánica con magros presupuestos – que pueden pensarse como luminosidades ante la pérdida. Volver a leer notas periodísticas, revisar afiches viejos, leer argumentos de films: pequeños haces de luz que iluminan cuando revisitamos films desaparecidos.

El cinematógrafo llega a Chile poco tiempo después de su invención. Podemos mencionar 1897 como la etapa inaugural de la industria chilena, con las proyecciones de Luis Oddó en Iquique. Desde sus inicios, la producción cinematográfica silente se caracteriza por noticiarios y documentales y entre 1910 y 1931, películas de ficción. Ya para la década de 1920, se instalan grandes firmas productoras de Estados Unidos, quienes controlan el mercado a partir de estas fechas, ganando terreno a Europa, post Primera Guerra Mundial. Para estos tiempos, el cine cada vez pierde más su característica de espectáculo popular –atrás quedaron las proyecciones del biógrafo– para ser valorado positivamente como moderno, especialmente por la oligarquía local. Es en este momento, donde priman los relatos argumentales influenciados por la industria hollywoodense y las élites son agentes principales del campo cinematográfico, que se pueden ubicar algunos nombres femeninos hasta ahora investigados. 

Entre las precursoras del cine chileno figuran Gabriela Bussenius, Alicia Armstrong de Vicuña y Rosario Rodríguez de la Serna. Sus trayectorias muestran los modos característicos de acceso femenino a la producción en la época: por lazos con la élite o con hombres ligados a la naciente industria. Bussenius, esposa del pionero Salvador Giambastiani –fundador de la Chile Film Co. que, junto con la Hans Frey Co., la Cóndor Film y la Valck Film S.A., fueron las productoras más relevantes del período–  dirigió La agonía de Arauco o el olvido de los muertos (1917) y Armstrong filmó a damas aristocráticas en El lecho nupcial (1926). Por último, Rodríguez de la Serna interpretó un pequeño papel en Juro no volver a amar (1925, Jorge Délano), otra vía de ingreso al cine desde la actuación. Luego de esta experiencia, crea su propia productora, Rosario Films, y realiza Malditas Sean las Mujeres en 1925, año prolífico para el cine chileno. El film, adaptación de la novela homónima de Manuel Ibo Alfaro, narra la historia de un muchacho que, ante el amor no correspondido de una joven despiadada, decide suicidarse. En La envenenadora (1929), segunda y última película realizada por la directora, también perdida, una mujer envenena a su marido para quedarse con su fortuna y huir con su amante. El final aleccionador –el rasgo melodramático y la presencia de fuertes personajes femeninos parecen coincidir en ambas producciones– se da cuando la hermana de la víctima descubre a los criminales y terminan encarcelados. Sabemos de la prolificidad de aquel año, y gran parte de lo que se recupera de estas películas por artículos periodísticos.  Algunos fueron reticentes con Malditas sean las mujeres y desviaron la atención hacia la necesidad del cine nacional de “estar a la altura de los países civilizados” –léase Estados Unidos–. Un artículo en El Mercurio permite reconstruir estreno y recepción: proyectada en varios teatros, contó con varias copias y buena aceptación del público. Con una trama que mantiene la intriga, se elogiaron las actuaciones, un duelo y la filmación de un lujoso baile en exteriores, escenas caracterizadas como “novedosas para el cine chileno”. Gregorio Pardo, su guionista, tuvo una larga trayectoria en el período, a diferencia de la directora, señalada como bienintencionada pero falta de talento en diversos artículos. 

Estudiar el pasado desde una perspectiva de género es también partir de silencios, omisiones y pérdidas. Pareciera que los nombres de las cineastas se encuentran en un estado permanente de (re) descubrimiento, generalmente asociado a oleadas revisionistas impulsadas por los feminismos. Sus nombres comienzan a circular, pero no siempre logran insertarse en las narrativas canónicas. Quizás uno de los problemas sea concebir el ‘cine de mujeres’ como una categoría aislada; más aún en un período en que nombrarlas de ese modo resulta, en cierto punto, inadecuado. Movilizadas por deseos personales y con escasa vinculación entre sí, aunque participaron en la comunidad cinematográfica de su tiempo, sus esfuerzos pocas veces lograron sostenerse, como es el caso de Rodríguez de la Serna. Sin embargo, es necesario volver a nombrarlas, proyectar haces de luz para un panorama más completo y justo, donde el género devenga categoría de análisis histórico para entender un contexto social específico. Sigue vigente la pregunta sobre cómo desarticular el canon sin caer en el binarismo de inclusión y exclusión que caracteriza las narrativas legitimadas. La propuesta del Mapa del Cine Latinoamericano y del Caribe intenta justamente ser una cartografía que arroje nuevas perspectivas. El hecho de haber seleccionado películas del silente dirigidas por mujeres, incluso las menos reconocidas, apunta en esa dirección.

Texto por Candelaria Carreño

Sobre la directora

Rosario Rodríguez de la Serna fue actriz, productora y directora del cine mudo chileno. Tras un pequeño papel en Juro no volver a amar (1925), fundó la productora Rosario Film para dirigir esta película, y en 1929 realizó La envenenadora. Se sabe muy poco de su vida. Biografía completa.

Ver la película

Película perdida: no se conserva ninguna copia.

Mapeada por Candelaria Carreño y Carla A. A. Italiano

Fuentes

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