EL PUÑO DE HIERRO – Gabriel García Moreno (1927)

Sinopsis:

En Córdoba, un pequeño poblado en la serranía del estado de Veracruz (México), un médico preocupado por el consumo de drogas en la población da lecciones morales sobre las consecuencias de las mismas. Mientras tanto, Laura, una joven de clase acomodada, intenta ayudar a su novio Carlos, quien ha caído en las garras de las drogas. “El Buitre” es quien cabildea el tugurio en el que Carlos accede a las sustancias tóxicas, en colaboración con el traficante apodado “el Tieso”, quien esconde un oscuro secreto. Carlos, vulnerado por el consumo de drogas, invita a Antonio -líder de la banda de “el Murciélago” que se dedica al secuestro y robo de las haciendas aledañas-, a participar en el negocio de estas sustancias ilícitas. Bajo este contexto, una serie de encuentros y desencuentros se darán en torno a estos bajos mundos, mientras que Juanito y Perico, un par de jóvenes interesados en cobrar la recompensa que han ofrecido por encontrar a los miembros de la banda delictiva, seguirán las pistas para revelar los vericuetos de esta oscura historia. 

Reseña:

La trama de El puño de hierro resulta atractiva, no sólo por el tema provocador de las drogas, sino también porque incorpora elementos del melodrama que poco a poco se irá consolidando como un género popular entre los públicos. Un drama que incorpora vínculos amorosos que se encuentran vulnerables (Laura y Carlos) y situaciones de coqueteo y enamoramiento (Esther y Antonio), así como escenas de acción, con momentos de asaltos, persecuciones y golpizas (Banda de “el Murciélago”), además de un guiño a las historias detectivescas muy al estilo de Sherlock Holmes, pues vemos al personaje de Juanito, incansable lector de aventuras policiacas, portando unas gafas redondas y fumando una pipa, ansioso por querer resolver el caso de la banda de “el Murciélago”. La cereza del pastel es el final, pues éste termina siendo revelador -aunque para muchos espectadores resulta cursi o incluso conservador-, al caer en cuenta que todo es un sueño de Carlos que se desata bajo el efecto de las drogas.

El puño de hierro se antoja como un filme que bien pudiera ser arriesgado y transgresor en nuestros días. Tras casi cien años de su producción y exhibición, la trama desarrollada en torno al tema de las toxicomanías resulta perturbador y seguramente incomodaría a las buenas conciencias de nuestra actual sociedad. Con imágenes que aluden vehementemente al consumo de drogas -en este caso a vemos jeringas y consumo de opioides-, resulta inevitable sentirse un tanto trastornado, pues como cualquier espectador que se encuentra frente a una película de hace un siglo, además filmada en una pequeña ciudad del estado de Veracruz, podría resultar sumamente escandalosa. Podemos presenciar encuadres de hombres y mujeres en un picadero -una especie de tugurio en el que se compran y consumen las sustancias psicoactivas-, en donde extasiados se abrazan y ríen sin reparo, en donde relajan sus cuerpos sin importar cualquier atadura social y moral.

Asimismo, destacan algunas imágenes que figuran como una suerte de pietaje o material de archivo, las cuales dan cuenta de individuos (sobre todo infantes) en un hospital que presentan algún tipo de malformación corporal o alguna enfermedad mental, cuya intención pareciera ser alertar a todo espectador de las posibles consecuencias del consumo de estupefacientes que pudieran heredar los hijos. Cabe destacar que a finales del siglo XIX y principios del XX, las ideas eugenistas estaban muy presentes, legitimadas desde el discurso médico-científico y las prácticas higienistas, que a su vez asociaban el consumo de drogas con la degeneración física y mental de la “raza”. Además, la película se ubica justo en años clave de una calurosa discusión en materia jurídico-legal sobre la prohibición de consumo de ciertas sustancias, entre las que destacan la mariguana y los opioides, bajo los primeros gobiernos posrevolucionarios al tratar de insertarse en el marco internacional como una nación moderna y progresista. Al respecto, la película resulta sintomática, pues además se advierte -a través del personaje del médico- que el consumo de este tipo de drogas sólo es legítimo en situaciones médicas.

La cinta también resulta singular por ser una de las pocas obras del cine de ficción silente en México, junto con El automóvil gris (Enrique Rosas, 1919) y El tren fantasma (1926) que se han logrado conservar y restaurar, ésta última también de Gabriel García Moreno, lo cual habla del valor artístico y patrimonial de las mismas, tomando en cuenta que más del 90% de los filmes de aquellos años se han perdido. Se trata de una película que además ha sido parte del proyecto de musicalización por parte del Ensamble Mudo, bajo la dirección artística de José María Serralde, quien también ha musicalizado las dos obras silentes mencionadas anteriormente. Sin duda, sus valores narrativos y estéticos dan cuenta de una obra cinematográfica de ficción compleja y sofisticada para la época, además de la temática abordada tan vigente, que sigue siendo sin duda un asunto de agenda política imperante por atender y por comprender.

Texto por Ilse Mayté Murillo Tenorio

Sobre el director

Gabriel García Moreno (Tacubaya, 1897 – Ciudad de México, 1943) fue cineasta, inventor y técnico de laboratorio. En 1926 fundó en Orizaba, Veracruz, el Centro Cultural Cinematográfico, donde hizo El tren fantasma y El puño de hierro; después trabajó en Hollywood y, de vuelta en México, fundó estudios y laboratorios de cine. Biografía completa.

Ver la película

Ver en YouTube (1 h 39 min). Versión restaurada y musicalizada de la Filmoteca de la UNAM.

Mapeada por Abril Alzaga, Ilse Mayté Murillo Tenorio y Sebastián González Itier

Fuentes

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